Bruce Nauman, California,1941.



lunes, 31 de agosto de 2009

DINO BUZZATI & REMBRANDT : Los siete mensajeros / un cuento singular y otras historias...

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Dino BUZZATI (Belluno,1906-Milán, 1972),escritor, pintor y periodista, también  deportivo (varias como corresponsal en el Tour de Francia). Su obra literaria, es cada vez más conocida   y reconocida, como predijo Borges.

Buzzati muestra una sensibilidad especial ante el misterio de las cosas y del mundo en una escritura de tersa transparencia. La conciencia elegíaca del paso del tiempo y la imposibilidad de poseer el espacio simbólico (Los siete mensajeros) o la vida como espera de algo que se dilata y no llega (El Desierto de los Tártaros), como angustia, pero también como sentido de la dignidad humana de resistencia, a pesar de la lucidez de la inevitable derrota final.

Si El desierto de los tártaros (1940) es posiblemente su obra maestra, también Los siete mensajeros(1942) puede considerarse uno de los mejores cuentos de los suyos y de la literatura.

De El desierto de los tártaros se hizo una película en 1976 dirigida por Valerio Zurlini, música de Morricone, buenos actores y rodada en un lugar mágico: la monumental ciudad-fortaleza de Bam, en Irán. Un enclave antiquísimo y fundamental de la terrestre Ruta de las Especias que unía Occidente con la India y un ramal de la Ruta de la Seda que unía Occidente con China.

Las construcciones de adobe que ocupaban una inmensa extensión fue el lugar donde se rodó la película, pero en 2003 un terremoto acabó con la vida de casi 30000 personas y con la enorme y bellísima fortaleza. Sólo quedaron cadáveres y ruinas.



Rembrandt. El jinete polaco. h1655 ól/lz, 115 x 135. Frick Collection.N.York.

Posiblemente esta atrayente  imagen no la haya pintado Rembrandt. Ha sido uno de los rembrandts más discutidos por especialistas , pero en las atribuciones juegan muchas variables...; aquí bastaría citar el nombre de los poderosos Frick, avalados además por su extraordinaria colección de arte. Pascal decía que "el corazón tiene razones...", también "el ojo" las tiene - no en vano es una parte del cerebro-  y cuando se han visto suficientes obras del pintor de Leyden , parece que al caballero polaco le falta...¿misterio plástico?, ¿esa atmósfera de luces y penumbras con que envuelve las figuras Rembrandt y que crea profundidades inmensas e indefinidas conseguidas con gradaciones infinitas del claro oscuro y el color ...? 

A Rembrandt le atraía lo éxótico, lo oriental sobre todo, aquellos atuendos de países lejanos que llegaban a través de la floreciente actividad portuaria de Amsterdam o que encontraba en el barrio judío donde tenía amigos y clientes y que le gustaba frecuentar;solía comprarlos y posar con ellos o hacer posar a sus modelos.Apreciaba las texturas, los colores suntuosos,la abundancia de suaves plegados que producían reflejos espejeantes con la luz y que él matizaba hasta convertir en indescriptibles,su exotismo capaz de transportar la imaginación a distancias y lugares insospechados...

Por eso a este cuento, que mezcla lo heroico y lo fabuloso con un aire fabulosamente oriental -que desmiente en parte el nombre de los mensajeros- se asocia libremente a las imágenes de Rembrandt,en general; aquí, pero podían ser otras, un autorretrato, dos aguafuertes (uno de ellos otro autorretrato de los +/- 100 que realizó) y una pintura llena de sugerencias, que representa al Rey David. 




LOS SIETE MENSAJEROS/ dino buzzati



"Partí a explorar el reino de mi padre, pero día a día me alejo más de la ciudad y las noticias que me llegan se hacen cada vez más escasas.

Comencé el viaje apenas cumplidos los treinta años y ya más de ocho han pasado, exactamente ocho años, seis meses y quince días de ininterrumpida marcha.Cuando partí, creía que en pocas semanas alcanzaría con facilidades los confines del reino; sin embargo, no he cesado de encontrar nuevas gentes y pueblos, y en todas partes hombres que hablaban mi misma lengua, que decían ser súbditos míos.


A veces pienso que la brújula de mi geógrafo se ha vuelto loca y que, creyendo ir siempre hacia el mediodía, en realidad quizá estemos dando vueltas en torno a nosotros mismos, sin aumentar nunca la distancia que nos separa de la capital; esto podría explicar por qué todavía no hemos alcanzado la última frontera.
Más a menudo, sin embargo, me atormenta la duda de que este confín no exista, de que el reino se extienda sin límite alguno y de que por más que avance, nunca podré llegar a su fin.



Emprendí el camino cuando tenía ya más de treinta años, demasiado tarde quizás. Mis amigos, mis propios parientes, se burlaban de mi proyecto como un inútil dispendio de los mejores años de la vida. En realidad pocos de aquellos que eran de mi confianza aceptaron acompañarme.
Autorretrato, 1634, ól/lz, 61 x52 cm,Uffizi, Florencia.


Aunque despreocupado -¡mucho más de lo que soy ahora!-, pensé en el modo de poder comunicarme durante el viaje con mis allegados y, de entre los caballeros de mi escolta, elegí a los siete mejores para que me sirvieran de mensajeros.

Creía, ignorante de mí, que tener siete era incluso una exageración. Con el tiempo advertí, por el contrario, que eran ridículamente pocos, y eso que ninguno de ellos ha caído nunca enfermo ni ha sido sorprendido por los bandidos ni ha reventado ninguna cabalgadura. Los siete me han servido con una tenacidad y una devoción que difícilmente podré nunca recompensar.





Para distinguirlos con facilidad, les puse nombres cuyas iniciales seguían el orden alfabético: Alejandro, Bartolomé, Cayo, Domingo, Escipión, Federico y Gregorio.
Poco habituado a estar lejos de casa, mandé al primero, Alejandro, la noche del segundo día de viaje, cuando habíamos recorrido ya unas ochentas leguas. Para asegurarme la continuidad de las comunicaciones, la noche siguiente envié el segundo, luego al tercero, luego al cuarto, y así de forma consecutiva hasta la octava noche del viaje en que partió Gregorio. El primero aún no había vuelto.



Éste nos alcanzó la décima noche, mientras nos hallábamos plantando el campamento para pernoctar en un valle deshabitado. Supe por Alejandro que su rapidez había sido inferior a la prevista; yo había pensado que, yendo solo y montando un magnífico corcel, podría recorrer la equivalente a una vez y media; en una jornada, mientras nosotros avanzábamos cuarenta leguas, él devoraba sesenta, pero no más.

Lo mismo ocurrió con los demás. Bartolomé , que partió hacia la ciudad la tercera noche de viaje, volvió la decimoquinta. Cayo, que partió la cuarta, no regresó hasta la vigésima. Pronto comprobé que bastaba multiplicar por cinco los días empleados hasta el momento para saber cuando nos alcanzaría el mensajero.Como cada vez nos alejábamos más de la capital, el itinerario de los mensajeros aumentaba en consecunecia. Transcurridos cincuenta días de camino, el intervalo entre la llegada de un mensajero y la de otro comenzó a espaciarse de forma notable; mientras que antes veía volver al campamento uno cada cinco días, el intervalo se hizo de veinticinco; de este modo, la voz de mi ciudad se hacía cada vez más débil; pasaban semanas enteras sin que tuviese ninguna noticia.


Pasados que fueron seis meses -habíamos atravesado ya los montes Fasanos-, el intervalo entre una llegada y otra aunmentó a cuatro meses largos. Ahora me traían noticias lejanas; los sobres me llegaban arrugados, a veces con manchas de humedad a causa de las noches pasadas al raso de quien me los traía.


Seguimos avanzando. En vano intentaban persuadirme de que las nubes que pasaban por encima de mí eran iguales a aquellas de mi infancia, de que el cielo de la ciudad lejana no era diferente de la cúpula azul que pendía sobre mí, de que el aire era el mismo, igual que el soplo del viento, idéntico el canto de los pájaros. Las nubes, el cielo, el aire, los vientos, los pájaros me parecían verdaderamente cosas nuevas y diferentes, y yo me sentía extranjero.


¡Adelante, adelante! Vagabundos que encontrábamos por las llanuras me decían que los confines no estaban lejos. Yo incitaba a mis hombres a no descansar, sofocaba las expresiones de desaliento que nacían en sus labios. Cuatro años habían pasado ya desde mi partida; qué esfuerzo más prolongado. La capital, mi casa, mi padre, se habían hecho extrañamente remotos, apenas me parecían reales. Veinte meses largos de silencio y de soledad transcurrían ahora entre las sucesivas comparecencias de los mensajeros. Me traían curiosas cartas amarilleadas por el tiempo y en ellas encontraba nombres olvidados, formas de expresión insólitas para mí, sentimientos que no conseguía comprender. A la mañana siguiente, después de sólo una noche de descanso, cuando nosotros reanudábamos el camino, el mensajero partía en dirección opuesta, llevando a la ciudad las cartas que hacía tiempo yo había preparado.

Sin embargo, han pasado ocho años y medio. Esta noche estaba cenando solo en mi tienda cuando ha entrado en ella Domingo, que, aunque agotado de cansancio, aún conseguía sonreir.Hacía casi siete años que no lo veía. Durante todo este larguísimo periodo no ha hecho otra cosa que correr a través de prados, bosques y desiertos, cambiando quién sabe cuántas veces de cabalgadura para traerme ese mazo de sobres que todavía no he tenido ganas de abrir. Él se ha ido ya a dormir y volverá a marcharse mañana mismo al alba.




Volverá a marcharse por última vez. Con lápiz y papel he calculado que, si todo va bien, yo continuando el camino como he hecho hasta ahora y él haciendo el suyo, no podré volver a ver a Domingo hasta dentro de treinta y cuatro años. Para entonces yo tendré setenta y dos. Pero comienzo a sentirme cansado y es probable que la muerte se me lleve antes. Por tanto, no podré volver a verlo nunca más.


Dentro de treinta y cuatro años( antes más bien, mucho antes) Domingo vislumbrará de forma inesperada las hogueras de mi campamento y se preguntará cómo es que entre tanto he recorrido tan poco camino. Igual que esta noche, el buen mensajero entrará en mi tienda con las cartas amarilleadas por los años, llenas de absurdas noticias de un tiempo ya sepultado; sin embargo, al verme inmóvil, tendido sobre el lecho, con dos soldados flanqueándome con antorchas, se detendrá en el umbral.

¡Aun así, marcha, Domingo, y no me digas que soy cruel! Lleva mi último saludo a la ciudad donde nací. Tú eres el vínculo superviviente con el mundo que antaño fue también mío. Los últimos mensajes me han hecho saber que muchas cosas han cambiado, que mi padre ha muerto, que la corona ha pasado a mi hermano mayor, que me dan por perdido, que allí donde antes estaban los robles bajo los cuales solía ir a jugar han construido altos palacios de piedra. Pero sigue siendo mi vieja patria.

Tú eres el último vínculo con ellos, Domingo.El quinto mensajero, Escipión, que me alcanzará, si Dios quiere, dentro de un año y ocho meses, no podrá volver a marchar porque no le dará tiempo a volver. Después de ti, Domingo, el silencio, a no ser que encuentre por fin los ansiados confines. Sin embargo, cuanto más avanzo, más me voy convenciendo de que no existe frontera.



No existe, sospecho, frontera, al menos en el sentido en que nosotros estamos acostumbrados a pensar. No hay murallas que separen ni valles que dividan ni montañas que cierren el paso. Probablemente cruzaré el límite sin advertirlo siquiera e, ignorante de ello, continuaré avanzando.

Por esta razón pretendo que, cuando me hayan alcanzado de nuevo, Escipìón y los otros mensajeros que le siguen no partan ya hacia la capital, sino que marchen por delante, precediéndome, para que yo pueda saber con antelación aquello que me aguarda.


Desde hace algún tiempo se despierta en mí por las noches una agitación insólita, y no es ya la nostalgia por las alegrías abandonadas, como ocurría en los primeros tiempos del viaje; es más bien la impaciencia por conocer las tierras ignotas hacia las que me dirijo.


Día a día, a medida que avanzo hacia la incierta meta, voy notando -y hasta ahora a nadie se lo he confesado- cómo en el cielo resplandece una luz insólita como nunca se me ha aparecido ni siquiera en sueños, y cómo las plantas, los montes, los ríos que atravesamos, parecen hechos de una esencia diferente de aquella de nuestra tierra, y el aire trae presagios que no sé expresar.


Mañana por la mañana una esperanza nueva me arrastrará todavía más adelante, hacia esas montañas inexploradas que las sombras de la noche están ocultando. Una vez más levantaré el campamento mientras por la parte opuesta Domingo desaparece en el horizonte llevando a la ciudad remotísima mi inútil mensaje".










BUZZATI, Dino.: Los siete mensajeros y otros relatos. Alianza Editorial.

sábado, 15 de agosto de 2009

BILL VIOLA / dos entrevistas, fragmentos

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El Videoarte surgió en EE.UU en los años sesenta, dentro dentro del arte conceptual y relacionado con las performances y el minimalismo. Uno de los artistas pioneros de esta modalidad  en soporte vídeo es Bill Viola, Nueva York, 1951.
Estudió arte en la Universidad de Siracusa,centro que en esos años estaba a la vanguardia de los nuevos medios de expresión.En vídeo-instalaciones plasma representaciones oníricas y temas trascendentes y misteriosos como el nacimiento o la muerte y explora en ellos a través de la imagen en movimiento las sensaciones,percepciones y emociones que provocan. Con frecuencia construye imágenes que recuerdan las del arte religioso de la Edad Media y el Renacimiento.
El tratamiento poético de los temas, la pluralidad de significados de los mismos y la excelente calidad tecnológica de imagen y sonido crean, en la oscuridad de la sala, un universo  intenso capaz de producir emociones y sentimientos que no dejan indiferente .Viola ha realizado vídeo instalaciones espectaculares como Avanzando cada día,(2002) creada para el Museo Guggenheim : un ciclo formado de cinco episodios de imágenes digitales que se proyectan simultáneamente en la sala, creando una experiencia profunda, poderosa e inquietante que "zarandea" al espectador y tal vez le modifique...



En estas dos entrevistas, una en El País, 26/06/2009 y la otra en El Períodico,30/6/200, Bill Viola aproxima una de las manifestaciones menos divulgadas del arte contemporáneo y habla del proceso creativo en general y del arte como ayuda para entender lo que se llama "realidad".

I. El País 26/06/2009, J.M. Martí Font:

[...]Pregunta Usted se mueve entre muchas líneas: entre el arte, la antropología, la mística, la filosofía, la religión...

Respuesta. Espiritualidad, tal vez. Cuando oigo la palabra religión pienso en una institución política. No me interesa la religión. Entiendo la espiritualidad como el camino para salir de uno mismo. Me gusta la explicación sufí que compara al hombre con un pájaro que ha aprendido a volar con la jaula puesta. No podemos salir de la jaula, estamos atrapados en nuestro cuerpo. Así que, si quieres volar, mejor aprendes a hacerlo con esta cosa alrededor tuyo. Uno intenta siempre salir de la caja, y esto es lo que básicamente es el arte.

P. ¿Trascendencia? ¿Ha tenido experiencias con drogas alucinógenas, con rituales chamánicos, con esos atajos que tanto definen a su generación?

R. Sí, cuando era joven tuve experiencias con drogas, y sí, es exactamente esto, un camino artificial para cambiar la consciencia. Los seres humanos siempre han buscado maneras de trascender a sí mismos; con hierbas y drogas o también con técnicas como no dormir durante tres días. Todas las culturas del mundo han desarrollado este tipo de técnicas. Desgraciadamente, hoy en día se utiliza como un sistema de tortura. Lo que mi país hizo a la gente de la prisión de Abu Ghraib en Irak, aislándolos, manteniéndoles despiertos durante días seguidos, son las mismas técnicas que hoy en día se pueden encontrar en Nepal o en Tíbet, donde monjes se meten en pequeñas cuevas mirando hacia dentro durante seis días y sólo salen a ver la luz el séptimo, tratando de concentrar su mente. Las torturas inventadas por la CIA son idénticas a las prácticas de los maestros budistas que buscan el conocimiento; en un caso llevan a la iluminación, en otro al odio. Los artistas también tenemos nuestros caminos para llegar a donde queremos ir. Todos queremos ser los mejores, hacer la pieza que va a dejar a todo el mundo impresionado, y justamente lo que debemos hacer es echar afuera a este tipo presuntuoso que llevamos dentro. Hay que desprenderse del ego. Porque hoy en día lo que más hay es ego-arte o arte-económico, que consiste en adivinar lo que el mercado quiere y dárselo.

P. ¿Cómo produce su trabajo? Últimamente no pocos artistas han cruzado la línea para hacer directamente cine.

R. La secuencia de producción, en mi caso, fue muy especial. Al principio tenía que estar solo y usaba métodos caseros. Pero llega un momento en el que se alcanzan determinadas fronteras. Uno de esos momentos me sucedió en 1988. Tenía una beca para hacer un trabajo en el desierto. Iba a ser la obra de mi vida (¡tachán!). En cinco o seis meses grabé 180 cintas de vídeo, y me bloqueé, no podía pensar en nada. Perdí la inspiración durante dos años. Entonces murió mi madre. Luego mi padre se puso enfermo, justamente entonces yo estaba interesado en la pintura de los primitivos flamencos, y de pronto entendí el arte histórico. Recuerdo que visité el Art Institute de Chicago y me puse a llorar viendo la imagen de la Virgen llorando, y me di cuenta de que el arte hacía algo por mí. Decidí que quería que mis vídeos reflejaran lo que estaba aprendiendo y que necesitaba otra calidad de imagen; un buen cámara, buena iluminación, etcétera. Un proceso que me lleva a realizaciones con grandes presupuestos y complejas infraestructuras, similares a las de Hollywood.

P. ¿Sus piezas pasan también por el mismo proceso del cuadro, que sólo está acabado cuando el artista así lo ve, aunque haya estado sin tocar durante meses?

R. Saber cuándo algo está acabado es muy difícil. A veces tengo ideas que se tiran diez años en mi libreta de notas sin saber cómo van a desarrollarse. Me puedo sentir inseguro o confuso, y de pronto vienen de nuevo a la cabeza y necesito hacerlo. Tiene que ver con nuestro desarrollo interior, sobre el que a menudo ni siquiera tenemos acceso. Pero si uno escucha a sus sentimientos, sabrá cuando es correcto.[...]




II.- El Periódico, 30/6/2009

[...] ¿Para qué sirven los artistas?
-Los artistas de hoy tienen una función muy importante. Toda la información que recibimos ha sido manipulada para que creamos en una idea, compremos algo o votemos a alguien. En cambio, el trabajo del artista es el único que no está manipulado. Nadie te dice qué hacer ante una obra que sale del corazón.

–Pero muchas veces no sentimos nada ante una pieza de arte contemporáneo.
–Estamos saliendo de un periodo de la historia del arte muy desafortunado. El mercado del arte se ha convertido en una maquinaria económica y los artistas pueden ganar billones de dólares a cambio de ceder en su visión de las cosas. Cuando yo salí de la escuela de arte, en 1973, no tenía dinero y hasta los 41 años no expuse en una galería comercial. El videoarte era nuevo y minoritario; lo hacíamos por amor y por compromiso con aquella nueva idea. Éramos como el Salon des Refusés de París ( Salón de los Rechazados).

–Dígame algo que anime a la gente a ver su vídeo The Messenger, que se proyecta en la capilla de Sant Nicolau, en Girona.
–Es el último grito en tecnología visual, vídeo de alta definición, dialogando con espacio y una cultura antiquísimos. Lo viejo y lo nuevo juntos. No podemos olvidar el pasado, allí es donde yo busco inspiración. ¿Sabe? Miguel Ángel tenía 24 años cuando hizo La Piedad y Rafael 26, cuando hizo La estancia de la Signatura. No eran viejos maestros, sino jóvenes radicales. Los jóvenes locos por internet y por las computadores son como Miguel Ángel. Tienen maneras nuevas de hacer las cosas. Estamos viviendo tiempos muy creativos, similares al Renacimiento italiano, que fue un cruce entre el arte y la ciencia y la espiritualidad.

–Su primera muestra de vídeos en un museo fue en 1973. ¿Recuerda la reacción del público?
–Me acuerdo muy bien. Monté seis monitores de televisión, tres arriba y tres abajo, como si fuera una pared. Las imágenes fluctuaban entre el presente y el pasado. La gente estaba fascinada. Nadie dijo: «¿Pero esto es arte?». Bueno, un tipo pensó que era el circuito cerrado de seguridad del museo, ja, ja, ja. La gente sabía que estaba viendo algo nuevo. Los seres humanos son curiosos, ese es nuestro mayor potencial. El videoarte se hizo popular al instante porque la gente tenía una tele en casa y podía entenderlo. Si hubieran tenido un Jackson Pollock en el comedor, también hubieran entendido el expresionismo abastracto en el acto. El vídeo fue el primer medio que habló en una lengua común, es la nueva lengua vernácula del mundo.

–¿Qué diferencia hay entre usted y un director de cine?
–Precisamente, fui al estreno en Los Ángeles de Tetro, de Francis Coppola, a quien conocí hace 30 años en los laboratorios de investigación de Sony en Japón. Es una película increíble, tan compleja y al mismo tiempo tan natural... La tecnología nos permite preservar momentos mágicos y aumentar nuestro autoconocimiento, quiénes somos y a dónde vamos. La tecnología es nuestro reflejo. Yo he hecho vídeos con 85 técnicos, 300 extras y 18 especialistas. Cualquiera hubiera dicho que rodábamos una película de Hollywood. Pero lo importante no es la técnica, sino lo que tienes en el corazón y lo que puedes ofrecer a los demás.[...]